El siguiente texto contiene SPOILEEERS de un juego que tiene dos años en el mercado. Aviso para los incautos.

Jugué Undertale por primera vez más o menos por estas fechas, hace un año; es decir, ya cuando la fiebre y el hype habían decaído lo suficiente para no dejarme influenciar por ello. Claro que tampoco es que importara, porque por alguna razón yo no había oído nada del indie más comentado de los últimos meses.

No juzgar al libro por su portada

No recuerdo bien en qué circunstancias me topé con él, pero sí recuerdo que cuando empecé a jugar dije “Me aburro”, especialmente cuando caía de un piso a otro en las ruinas y tenía que memorizar un camino para pasar a la siguiente habitación.

Sin embargo, también es cierto que no me atrevía a dejar de jugar al recordar el engaño de Flowey y su genialidad (porque Undertale es una historia de pequeños momentos), y eso me dio la fortaleza para seguir adelante y esperar buenas cosas de las mecánicas, un poco sosas para cualquier RPG del siglo XXI, y la banda sonora, que hasta entonces estaba bien.

Y pues… llegué a la batalla contra Toriel, a quien asesiné tras varios intentos dándole a MERCY sin resultado alguno.

Me sentí tan mal que reinicié el juego y recurrí a Google para descubrir si podía salvarla de alguna manera. En efecto, la había. Empecé a jugar de nuevo y ocurrió algo inesperado: Toriel recordaba lo que yo había hecho en la partida anterior. Esto me sorprendió porque, tal como yo jugaba con Undertale, Undertale empezaba a jugar conmigo.

Visto en retrospectiva, no tenía ni idea de lo que vendría más adelante.

Las mecánicas, los gráficos, los controles…

Ya al llegar a Snowdin me había olvidado por completo del asunto de las “mecánicas”, quizás porque mejoraban o más bien porque lo especial del juego parecía no ir ligado a la forma, sino a su esencia. Suena cursi y meloso, lo sé, pero es por ponerlo fácil.

¿Cuántas veces no empezamos a hablar de algún videojuego desde sus aspectos técnicos? Cuando salió The Phantom Pain, por ejemplo (y lo menciono a cada rato porque aún no soy capaz de superarlo, perdón), y mis amigos, sabiendo lo mucho que me gusta Metal Gear, me preguntaban qué me había parecido, siempre empezaba diciendo “Tiene unas mecánicas increíbles” o “Gráficamente es de lo mejor que he visto”. Y mentira no era, pero era la respuesta que utilizaba para dejar de sentir ese dolor fantasma (duh) al pensar en el juego que pudo haber sido y en lo que fue.

En serio, Kojima, WTF.

The Phantom Pain no me emocionó como lo hizo el Solid de PSX. Tampoco me voló el coco como Sons of Liberty y mucho menos me hizo llorar, sí, como Snake Eater (y saben a qué me refiero). ¿Qué me había dejado? ¿Por qué lo jugué por más de 80 horas? Tuvo que haberme entretenido, al menos, pero me planteé: ¿Por qué empecé a jugar, en primer lugar? Y me refería al principio de los días, cuando era un chamín. ¿No había algo especial mucho antes?

Humano, por el futuro de los humanos y monstruos, tienes que mantenerte determinado

Recuerdo que cuando cumplí cuatro años me regalaron un NES (ya estaba por salir el N64 pero mis padres poco sabían de eso y para ellos un Nintendo era un Nintendo, punto; supongo que en ese entonces, para mí también). Aquello era magia, no un mero entretenimiento.

Y mientras avanzaba con Undertale, me daba cuenta de que los personajes y el mundo en sí mismos eran tan carismáticos, que me resultaba difícil no relacionarme emocionalmente con ellos. Era un juego de monstruos más humanos de lo que se podía ver a simple vista. Porque todos estaban “rotos”; no en lenguaje de programación, sino emocionalmente: a pesar del aspecto colorido y el humor, era una historia de seres desvalidos que encontraban un pequeño lugar de paz con otros que padecían situaciones similares.

La amistad… es realmente genial, ¿verdad? Dejemos de luchar.

Es un juego que exalta valores como la amistad y el compañerismo, que nos hace saber que, a pesar de todas las dificultades, no estamos solos. Y aunque suena a libro de auto-ayuda, Undertale empequeñece el corazón… por lo menos con su ruta pacifista, que es la única que quise jugar: tal fue el impacto, que no me atreví a borrar mi partida para hacer la ruta genocida; ya todo lo que el juego tenía para ofrecerme lo había hecho, y re-jugar solo por el empeño de tenerlo todo no concuerda con el espectro de la vida misma, donde cargamos a cuestas con nuestras decisiones.

Esta sensación de realismo épico dota a Undertale de un sentimentalismo que se recibe muy bien, que nos permite identificarnos. Y ya, sé que me estoy poniendo pesado en comparar la vida misma con un videojuego, pero toparse con uno que da pie a este tipo de debates y además es capaz de entretener a un montón de pre-adolescentes algo debe significar.

Porque un videojuego (o uno bueno, en su defecto), como toda forma artística, debería hacernos sentir cosas. Y por eso, aún dos años después de su lanzamiento, Undertale sigue siendo especial. Personalmente, me ayudó a superar un período realmente asqueroso por el que pasaba y fue la única medicina que encontré contra la depresión. Me hizo sentir cierta calidez que no había podido extraer de ninguna otra parte, y no me di cuenta de ello hasta meses más tarde.

Respondiendo a la pregunta inicial, creo que necesitamos más juegos que nos hagan recordar por qué nos convertimos en gamers, en primer lugar, y que nos permitan experimentar sensaciones poderosas, en segundo. Videojuegos que nos desborden la imaginación, que nos emocionen, alegren o entristezcan. Y por eso me gusta Undertale.

Tu destino depende de ti ahora

Por: @Mebil19