Aronofsky en esteroides, elevado a la décima potencia, para bien y para mal. A veces demasiado obvio, pero nunca por ello menos interesante. Eso es mother! (2017).

Es 2017, septiembre, las puertas de la temporada de premios abiertas de par en par. Los grandes estudios estrenan sus apuestas, les enfant terribles del cine independiente se hacen notar con obras de inusitada profundidad. Y de vez en cuando aparece una película que despierta disgustos y pasiones en igual medida.

Para entender qué hace especial a mother!, hay que contextualizar la disparidad de comentarios que ha provocado tras su estreno. Sin ir muy lejos: la vi con un grupito de amigos, a mí y a otro pana nos gustó burda, otro salió como wtf y el último dijo que no la vería de nuevo ni aunque la pasaran en cine millonario por Venevisión.

Esto escribió Candice Frederick de Vice en su reseña (cuyo extracto aparece en Rottentomatoes):

Aronofsky confronta la brutalidad de la fama y el fandom y el conflicto que presentan en nuestra creciente sociedad de individuos cuyos reflejos sociales se han evaporado y cuya autoestima depende de fuerzas externas.

Es un comentario más desconcertante (y doloroso) que la película entera, e intentaré dejarlo en evidencia en los siguientes párrafos. Porque, en fin, todos sabemos quién es Darren Aronofsky (menos tú, Candice Frederick): es un moralista, un tipo que desde el principio de su carrera ha estado interesado en Dios y su mirada. Hasta tiene una película sobre Noé, que aún siendo su menos popular, es posiblemente la más personal.

De cierta forma, mother! es la misma Noah (2015), pero más sutil, sin el presupuesto inflado ni la mano del estudio. Es por tanto más honesta y contiene todos los matices que hacen a Aronofsky lo que ha elegido ser como autor.

En el principio Dios creó los cielos y la tierra…

Nota: Hablar de mother! es un tanto complicado porque hacerlo significa despojarla de su más poderoso encanto, al menos para aquellos que no la han visto todavía. Es un filme de analogías, y sin referirse a las mismas es complicado reseñarla; a su vez, descubrirlas es el punto del asunto. Así que, aunque mantendré los spoilers a raya, avancen los incautos bajo su propio riesgo.

A simple vista, la película narra la relación de una pareja que es puesta a prueba cuando unos huéspedes indeseados llegan a su hogar, rompiendo con su estabilidad. Sin embargo, estos personajes son una excusa para dar rienda suelta a un recuento de los sucesos más populares de la Biblia: no en vano hay una piedra angular, Adán, Eva, Caín, Abel, y un gran diluvio. Todo dentro de la misma casa, una casa que posee un corazón que late y se ennegrece a medida que más visitantes traspasan sus puertas; y hay quienes, como muestra de agradecimiento, pintan sus paredes, pero también quienes ignoran su inevitable decadencia.

Es una casa donde cada vez hace más calor, llena de gente que “no tiene a dónde ir”.

Gran parte de la diversión que ofrece la película es intentar descubrir quién es quién, y qué papel representa en la historia bíblica de la humanidad. Como nunca sucede nada realmente enrevesado que exija toda tu atención, hay tiempo suficiente para interpretar los símbolos sin perderse. Y es divertido porque, aunque todo termina siendo demasiado obvio para cuando los créditos aparecen, en principio el personaje de Jennifer Lawrence es todo un misterio: ¿Qué representa? ¿Es una esposa de Dios? ¿Es Lilith, la primera mujer de Adán? ¿Por qué la película se llama “Madre”? ¿Qué carajos oye detrás de los muros de la casa?

Aronofsky lanza pistas cada dos minutos a través de los encuadres o sonidos que acompañan a cada uno de los personajes, pero cuando la trama avanza, la película pierde parte de su lustre porque ya no queda ningún misterio que resolver. No obstante, el tercer acto se vuelve tan surreal y macabro que el ritmo remonta. Es este trozo el que más disputas ha causado en internet, sobre todo por una escena de extrema violencia hacia el personaje de Lawrence.

Sin embargo, es lo mejor de la película: es un espacio donde el director da rienda suelta a su imaginación, donde tiene la libertad de arrojarnos en la cara todo lo que quiere decir. La visión artística de la película es impecable, y va acompañada de un despliegue técnico que conserva los overshoulders de The Wrestler (2008) y ese aspecto indie que tan laureado fue en Black Swan (2010).

También es difícil quitarle la mirada a Lawrence, que está genial.

Nada es casual

Al igual que en Noah (en esa secuencia stop-motion del origen del mundo), Aronofsky mezcla el creacionismo con el darvinismo: Dios es un ser egocéntrico que se atribuye toda la gloria de la creación y que desprecia (o al menos no valora lo que debería) a su única musa, acreedora de todas sus inspiraciones: la madre naturaleza. Esta parece desconcertada durante toda la película al presenciar los actos de violencia que ocurren en su hogar, es pisoteada y golpeada por gente que desconoce, intenta hacer valer su lugar pero nadie la escucha.

Que Javier Bardem sea la representación del Dios católico no es coincidencia, considerando la historia del cristianismo en España y su posterior rol evangelizador en la conquista. Que también esté escribiendo una obra aparentemente infinita en un pergamino, que termina ganándole la devoción de sus seguidores, que además lo ponen en estampitas…

Es más, veamos de nuevo el primer póster:

Si Aronofsky no nos estaba diciendo de qué iba su película ya desde aquí…

Sin embargo, hay una línea muy delgada entre ser ingenioso o ser estúpido. Porque, como director, si la pones muy difícil, el espectador no va a entender nada. Pero si la pones muy fácil, se va a sentir como un imbécil, como si no fuera respetada su capacidad de razonamiento.

Pero a lo mejor no es lo obvio de algunas analogías lo que disgusta, sino la ejecución de las mismas. Porque (SPOILERS) cuando los fanáticos religiosos se comen al bebé, el shock ayuda a pasar por alto la referencia para dummies hacia Cristo y la hostia. No se puede decir lo mismo, por ejemplo, cuando Bardem marca a sus seguidores en la frente.

Sabes, ya entendimos. Stop trying that hard.

Hay que aprender a reír

Por estas razones me desconcierta un extracto introductorio que reza “La polémica nueva película de Darren Aronofsky agita la ansiedad de socializar y estar con otras personas”, en la reseña de Vice. Ya va, ¿vimos la misma película?

Ninguno es acreedor de la verdad absoluta, a pesar de que todas estas referencias parezcan burlas o mofas. No, no, para nada, empezando porque Candice probablemente nunca leerá esto. Más bien es una forma de ilustrar la grandiosa capacidad de mother! para provocar lecturas tan apasionadas, y sobre todo tan distintas.

Pero esto es lo especial, porque es un filme que se puede discutir, interpretar, pensar y sentir. Y aunque pareciera que todo gira en torno a lo ingenioso (o no) de las analogías, también hay una recompensa emocional.

Y si algo no se le puede quitar, es que es muy divertida. En serio. Como dijo Hesse en su Lobo Estepario:

Esta imagen, de la que ya se puede prescindir, tiene usted ahora que extinguirla, caro amigo; otra cosa no hace falta. Basta con que usted, cuando su humor lo permita, observe esta imagen con una risa sincera. Usted está aquí en una escuela de humorismo, tiene que aprender a reír. Pues todo humorismo superior empieza porque ya no se toma en serio a la propia persona.

@mebil19

mother!
Que esté construida enteramente de analogías la hace muy divertida.Se nota que Aronofsky está en la cima de su juego, y eso se disfruta, así el resultado sea dispar.Jennifer Lawrence no decepciona.
A veces es demasiado obvia y consciente de su propio ingenio.Casi como la representación de Dios en la película (de buenas intenciones pero estúpidamente inútil), el ingenio autocomplaciente peca de pretencioso.Que sí, Aronofsky, ya entendimos.
8.6Nota Final