por G. Galo

Al pie de una escalera, una mujer —¡es una muerta!— entona una llorona que recuerda al son istmeño puesto en fama por Chavela Vargas: “Me quitarán de quererte, Llorona, pero de olvidarte nunca”. La catrina que canta, uno de los personajes en la nueva película de Lee Unkrich y Adrian Molina, Coco (2017), evoca irresistiblemente a otra catrina cantante en el cortometraje animado de René Castillo Hasta los huesos (2002), donde en el mundo de los muertos —más una taberna de los muertos— irrumpe un vivo.

Hacia el 2010 se darían las primeras conversaciones en Pixar sobre una historia referente a la celebración mexicana por antonomasia, y en el 2014, por esas mañas de las casualidades, la casa Reel FX Creative Studios estrenaría The Book of Life (2014). Aunque el imaginario compartido es el mismo y las menudencias de si alguien robó de alguien —el arte come del arte— resultan superfluas, es evidente que todo es distinto en lo referido a sus argumentos —tal vez el verdadero fuerte de Coco.

Sí, la visita al trasmundo es tema homérico —y con ello quiero decir que nada nuevo bajo el sol—, y la parafernalia mexicana es atractiva para la animación en cualquiera de sus formas. Justificar el dispositivo ha sido siempre el máximo reto de la animación: por qué contar una historia así y no, entre los modos posibles, por ejemplo, en imagen real (live action).

Pixar ha tenido algunos largometrajes que acaso hubiesen podido prescindir totalmente de la animación —pienso en Up, Ratatouille, Los Increíbles, Wall-E y esta nueva obra, por ejemplo—, pero si bien la discusión sobre la correspondencia forma-fondo en la pieza audiovisual no es de descuidarse, resulta a su vez más evidente que la poética asumida como dogma por Pixar agrega —o resta— un rasgo único para sus piezas. Así que, más allá de eso y mucho más allá de su estética y perfección técnica, ¿qué hay en Coco que resulta de nuevo una gloria para Pixar y no solo otra película animada, otra del Día de los Muertos y, mucho menos, tan solo otra película para niños?

El olvido que tememos

El pilar central de la historia es, a todas luces, el olvido: el olvido de la familia; el olvido de los vivos y de los muertos; de la historia de uno y los suyos, o bien, de las raíces y la cultura; el olvido por parte de nuestro entorno —la fama y su fugacidad—; y, condensado en el peor de ellos, el olvido de uno mismo. Pero vamos por partes.

Cuando alguna vez escribí sobre la Muerte y el Olvido como personajes y que estos pretendían que morir fuese olvidar y que “El adiós solo es posible cuando existe con él la muerte. El adiós entre los vivos es una ilusión no concedida” me quise referir, por un lado, a que los vivos no podían realmente olvidarse entre ellos, y, por otro, que solo cuando morían todos los vivos que tuvieron recuerdo de un difunto entonces así la muerte se volvía absoluta. Entre estas dos orillas navega Coco: una en la que una familia pretende pertinazmente erradicar su destino y olvidar un pasado odiado, y otra en la que se intenta, a su vez, rescatar de la cabal desaparición de la eternidad la memoria sobre alguien que fue. Es decir: vivos que no pueden olvidar lo que les gustaría olvidar y muertos que quieren ser recordados.

No obstante, tradiciones más o tradiciones menos, la categórica y sabia sentencia del Eclesiastés en que dice “No hay recuerdo de lo que precedió, como tampoco de los venideros quedará memoria entre los que vendrán después” solo quiere señalar que todos volveremos a la nada total de la que partimos —lo efímero, aunque en milenios, de cualquier vida: ubi sunt, ¿dónde están los que antes fueron?, pues todo no es más que vanidad de vanidades, tópicos literarios por excelencia. Pero he ahí la huella quizás más relevante que podemos pescar en Coco: si entonces todos desaparecerán, la frase que la misma película manosea ambiguamente del Carpe diem aparece como un escudo contra ese bíblico nihilismo en que se esgrime un recuerda(te) ahora y no olvides que la pasión de tu vida es lo único que permitirá una real vida, o, visto en su metáfora, podrá incluso erradicar los abismos de los tiempos y unirte con un destino tuyo que se comenzó a trazar muchas generaciones atrás. Porque acaso no sea la eternidad y su necesario olvido lo que nos persiga, sino el más tenue y genuino tormento de quien aún vivo no puede recordarse a sí mismo porque no sabe quién es.

El pequeño inmenso héroe de esta película, Miguel, es un niño que debe debatirse entre la seguridad —la aparente paz— o la libertad. A pesar de que es Coco —la anciana personaje— la que está perdiendo la memoria, no es ella quien sufre por el olvido sino Miguel, cuyo problema de identidad —es curioso cómo al principio pareciera que su dilema es el de salir del clóset, algún clóset— solo puede resolverse por la apuesta al precio nunca demasiado alto de ser uno mismo, porque, ya él lo intuye, los destinos de una persona son ineludibles —o tal es lo que debe entenderse si la sabiduría está guiada a hacernos un poco más felices. Más allá de un evidente y muy bien dominado dispositivo narrativo tradicional —“aristotélico”—, la película parece querer cantar, como si le hablara a la existencia misma, el “aunque me pese la vida, Llorona, no dejaré de quererte”, porque no hay seguridad alguna en la ilusión de negar —olvidar— lo que duele, sino aceptarlo y ser lo que se es; que, en últimas, uno pueda recordarse como es y solo así pueda entonces decirle a los otros “recuérdame, aunque tenga que viajar muy lejos [de ti o de mí], recuérdame”.

Hacia el final de la película, el estruendo en la sala es de gente evitando que se le chorreen las narices, hipando de una emoción preciada como lo es estar entre lo alegre y lo melancólico —el saudade que ya sabemos. Se mira hacia cualquier lado y todos se secan incesantemente las lágrimas —como en los mejores días del primer Disney. Ese es el trofeo de la sutileza, el éxito —para nada nuevo— de Pixar: su tratamiento sensible de temas profundos y solemnes de la forma más amena. La cumplida ambición de quien hace pensar sobre los dramas más humanos a niños y adultos por igual, no ya por la reflexión, no por la racionalización de la vida sino por el sentimiento y la pura emoción que sobrepasan lo que estas torpes líneas han querido tratar de explicar, no siendo más que una invitación, de nuevo, a la maestría del sin duda más grande estudio de animación computarizada del que hasta hoy tenemos noticia.